Vengando a Ishimuro parte 2

Recuerdo que la luz se colaba por una de las persianas. El rayo de sol iluminaba parte de las sábanas. Apenas podía abrir los ojos. Veía nublado. Alcancé a reconocer que estaba en mi habitación. En la cama alta, pequeña, con un cubrecamas marrón, con la radio en la cabecera y, en frente, la televisión, el ATARI y los otros chiches que me solían acompañar aquellas tardes eternas en el segundo edificio de un viejo edificio de Punta Paitilla. Los moretones en la cara y el golpe en el estómago habían sido brutales. Nunca un vaquero había sido tan humillado. Necesitaba vengarme como sea. “El honor ante todo”, decía mi abuelo.

Mi madre interrumpió la cadena de pensamientos. “Te sientes mejor”, preguntó, mientras se sentaba a un lado de la cama y se preparaba a darme un poco de sopa. Contuve las lágrimas cuando la cuchara tocó mi labio destruido. “Sí”, mentí, mientras tragaba ese grueso caldo de pollo.

Después de la comida, cerró la persiana maltrecha. Volví al mundo de las sombras, del dolor, de la humillación. Al de un niño de seis años que había sido golpeado a vista y paciencia de todos. De estudiantes, curas y profesores. Estaba perdido. Lo único bueno de aquella paliza era que al menos faltaría una semana al colegio. Lo malo, es que la suerte, para Ishimuro y para mí, se había terminado.

Pasé varios días en cama. Lo único que hacía era ver monitos animados violentos. Esos en los que algún motorista japonés de peinado tipo casco al viento, después de ver a sus padres morir, adquiere un robot de lujo y se dedica a ganar batallas mientras aprieta botones como loco invocando rayos de todo tipo. El problema es que nunca me enteraba de qué había que hacer para conseguir un robot de esos. Yo no tenía posibilidades en el colegio. Debía vengarme y no tenía robot ni peinado japonés, sólo una cabellera negra y ondulada, al más puro estilo Jackson Five. Además, si era imprescindible huir, mis piernas tampoco servirían mucho. Debía idear un plan. Un plan que le permitiese a un pendejo enclenque, flaco y soñador poder desquitarse del forajido más temido en toda la primaria.

El poderío del negro Jiménez era infinito. Tanto así que no dudaba en propinarle verdaderas palizas, sin asco, a todos los niños de la primaria, incluidos los de 10 y 11 años. Su mirada ahuyentaba hasta a su propia sombra. Era una bestia que odiaba a los ñoños, los débiles, los inteligentes, los no tanto, los bichos raros y, básicamente, a todos a quienes pudiera moler a golpes. Clamaba por sangre y, ocasionalmente, por los almuerzos y juguetitos de los más chicos, especialmente de aquellos aparatos “made in japan”, como los de Ishimuro.

Ese fin de semana se estrenó en Panamá “La Guerra de las Galaxias”. Que tontera más grande, pensé. Debe ser una guerra muy fome, todos arriba de sus planetas tirándose piedras. No me tinca. “Vamos al cine. Ese será el premio a tu valentía”, se adelantó mi padre. Horas después de salir del cine ubicado en el sector de El Dorado, algo así como Lo Barnechea, me di cuenta de que esa película cambiaría mi vida. Bueno, sólo tenía seis años. Debo buscar y concentrarme en “La Fuerza”. Sólo así podré derrotar al morocho y su amigo albino, pensaba, con los ojos cerrados.

El lunes regresé al colegio. Ya era una leyenda. Todos me miraban y se tapaban la boca. Yo creo que no podían creer lo valiente que había sido. Sentía cientos de manos dirigidas hacia mí con sus dedos índices extendidos. Me temían, creí. Entonces, por qué se ríen… La verdad era más dura: para ellos y ante ellos, era un payaso, un bufón, un vaquero de reparto y no el héroe de la película. De hecho nunca nadie pidió entrevistarme para la revista del colegio.

Mientras me dirigía a las escaleras que dan al segundo piso algo pasó. Vi un cartel. Un destello amarillo en la retina. Súbitamente mis ojos cambiaron de color, mis brazos cayeron al suelo y la saliva hizo un charco en mi boca. Uno de los compañeros que entendía mi calvario trato de despertarme de la hipnosis. El responsable de esa garrotera era un cartel de amarillo furioso colgado en uno de los pasillos. El texto, escrito con marcador negro grueso, mostraba un mensaje poco sutil. “Te esperamos a la salida. Ahí morirás”. Firmaban El Albino y Jiménez. Entré a la clase, arrastrando los pies con un color semejante al de Drácula. Estaba pálido. Me senté en mi banco y no miré a nadie. Noté que Ishimuro temblaba en su asiento.

Por algunos minutos traté de portarme como Obi Wan Kenobi. Ese viejito con poderes de la película. Traté de derrotarlos con la mente. Cerré los ojos y me puse a pensar en como caían abatidos mientras yo controlaba sus pensamientos. El albino y el gordo Jiménez en el suelo, la gente aplaudiendo, el sol brillando tras de mí. Sí, había una posibilidad. Un cachetazo del albino me devolvió a la realidad. La maestra seguía distraída leyendo no sé que en su libro de clases. “A la salida te la damos”, amenazó con un susurro para luego retirarse a su asiento, ubicado en el extremo izquierdo de la sala, al final, donde sólo se sientan los tipos rudos. Vi el reloj. Quedaban 4 horas y cincuenta y nueve minutos para mi final.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: